lunes, 15 de noviembre de 2010

La virgen portátil



Cuando era pequeño veía cosas muy raras, recuerdo que unas cuatro veces al año llamaban a la puerta, y era una vecina de la misma calle con la que mi madre intercambiaba unas cuantas palabras de cortesía para no decir nada, un adiós y mi madre nos enseñaba lo que le había dejado la vecina, una caja de madera a la altura de la rodilla de los mayores y a la altura de mis hombros de pequeño, que mi madre portaba de un asa superior y al moverla emitía cierto ruido metálico.


Cuando fui creciendo -en estos tiempos a lo alto- me percaté de más cosas, siempre que se la entregaban a mi madre la dejaba en un rincón mientras se santiguaba, un día le pregunté que era y entonces descubrí lo que había en el interior, mi madre procedió a abrirla diciéndonos que teníamos que tener cuidado -yo creo que pensaba que podríamos usar la caja para jugar- primero quitó un ganchito y se abrieron dos puertas, después de estas había otra madera trabajada en marquetería en forma triangular que con unas bisagras se elevaba hacia arriba simulando un adorno gótico, entonces aparecía la virgen, cubierta sobre un cristal, a sus pies una rajita -tipo hucha- para depositar las limosnas -ahora entendía el ruido metálico-. El descubrimiento me sorprendió, y aunque en su estancia en casa permanecía casi siempre cerrada y en un rincón, era como meter al cura de nuestra parroquia de San Braulio o al cura de Salesianos en casa, aquella capilla portátil siempre estaba ahí, y hasta cuando jugábamos mi hermano y yo, éramos menos brutos por si nos oía la virgen desde su casa de madera, en esos días en casa éramos cuatro y la virgen portátil.


Lo peor de este descubrimiento llegó -para alivio de mi madre- cuando me encomendó devolver la virgen, al grito de "vete a llevar la virgen" salía con esa caja de madera, momentos después de que mi madre hubiera depositado una limosna -por el bien quedar-, e iba rumbo a la vecina siguiente, por la calle el ruido metálico me delataba e intentaba marcar un paso que me hiciera dar menos ruido, pero era tarea imposible, llamaba al portero automático y a la voz de "la virgen" se me abrían las puertas, subía las escaleras -no había ascensor y era un cuarto para mi pena- y con todavía el resuello en la boca le dejaba a la vecina la virgen portátil, imaginando como sería la semana en su nueva casa. Y así viajaba la virgen por la calle Pilar Lorengar, de arriba a abajo, del cuarto al primero, y del primero al último. No sé que será de ella, ni si todavía ronda por la calle, ni quién era el que vaciaba ese cajetín que se iba nutriendo con las moneditas de todos, lo único cierto, es que cuatro semanas al año en casa por las noches había alguien más y ahora mi madre ya no me pide que vaya a llevar a la virgen.


4 comentarios:

  1. Es verdad, yo ese recuerdo lo tengo del pueblo de mis abuelos, allí estaba la virgen alguna de las veces que íbamos a visitarles y, claro, mi madre también echaba una monedita, no sé, por si acaso, supongo, no vaya a ser que no tuviéramos la bendición de la virgen por no echarle dinero.

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  2. Yo también vi estas cosas tan raras cuando era pequeña: en casa de mi tía, en el pueblo. La dejaba expuesta sobre la nevera, que junto con la televisión era el electrodoméstico usado como pequeño altar de santos o lugar de honor para colocar todo tipo de horrores decorativos.
    La caja era también de madera, pero barnizada de marrón oscuro, y dentro había una imagen de una virgen con cara de sufrimiento inevitable, y no tengo ni idea de su nombre, pero seguro que sería una "Dolorosa" "Desamparada" "Ascensión" "Aunciación", o algún otro nombre del género. Y delante de esta imagen había una velita encendida, que había que mantener siempre la llama viva, so pena de que la ira de Dios cayera (en forma de 7 padrenuestros y un avemaría) sobre las cabezas de los integrantes de un hogar tan despreocupado por mantener las buenas costumbres como Dios manda.
    Recuerdo que yo la miraba como se puede mirar a un extraterrestre, sin comprender absolutamente nada de lo que mis ojos veían.

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  3. Que bueno lo que cuentas, sólo imaginarme la escena me parto de risa, encima del Kelvinator la capillita con su vela humeante encima del tapete de ganchillo un poco amarilleado por la cocina, no me extraña que alucinases.

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