lunes, 14 de mayo de 2012

Comuniones de antes



Un 14 de mayo de 1978 Maite, entonces María Teresa, de los Elizondo y García de Vicuña, tomaba la primera comunión en la Parroquia de San José en el barrio de Arana de Vitoria. Treinta y tres años después lo hacía su hijo Unax también en Vitoria el año pasado. Las comuniones de antes eran distintas, tenían olor a padres que lo empezaban a dar todo, a padres que salían de una etapa dictatorial en España y se encontraban con un terrorismo en las calles, mientras Maite acababa de arreglar su traje verde de comunión, ETA asesinaba el 8 de mayo a un agente de la guardia civil en Pamplona y al día siguiente a dos agentes en San Sebastián.


Entre miedo e ilusión se vivían aquellos días, los niños y niñas apuraban sus catequesis en la que sería su gran fiesta, vendrían todos los familiares de todos los sitios, tíos, abuelos y primos, juntos como si fuera una boda, era como para ponerse nervioso. Se apuraban los días notando algo especial por dentro, un cosquilleo extraño que les hacía vivir esos días sintiéndose muy diferentes al resto de los niños. Los repasos de la misa eran día sí, día también, a uno le tocaba entregar un ramo de flores, a otros leer unas frases reemplazándose como si fuera una carrera de relevos. Todo eran nervios hasta que llegaba el gran día.


Y por fin llegaba, desde muy temprano desfilaban por casa, familia venida desde todos los lados, tíos que traían abuelas, abuelas que traían efusivos besos apachurrando caras, besos que traían primos que sólo querían ver juguetes. Mientras las madres iban de un lado a otro intentando peinar y poner el lazo en su sitio, los regalos se iban entregando en un ritual nunca antes vivido y que sólo te obligaba a pensar: "¿Para qué querré yo un diario de mi comunión? ¿Para qué querré yo unos cubiertos con mi nombre? ¿Para qué querré yo una medalla de oro con la fecha de mi comunión y mi grupo sanguíneo? ¿Para qué querré yo un reloj? ¿Para qué querré yo abrir una cartilla si no me dejan entrar en el banco? ¿A nadie se le ha ocurrido regalarme la última Nancy, o un Cine Exin, o un Monopoly?


Mientras los padres salían fuera con los varones de la familia a tomar un vino en el bar de abajo, las féminas y la comulgante apuraban los últimos retoques y salían también rumbo a la iglesia. Allí cuando se veían los comulgantes se miraban de arriba a abajo, casi sin conocerse, acostumbrados a verse todos los días, pero nunca con esas prendas. Comenzaba la misa y se repetía el ritual tantas veces ensayado, y siempre había alguien que se equivocaba, y se llevaba una severa mirada del párroco. En silencio sepulcral la misa de comunión se celebraba, y todos se encaminaban a una comida de entremeses, langostinos y asado en un restaurante cercano, allí más regalos, los primeros cigarros y correr alrededor de las mesas.


Mientras en las calles la gente peleaba por lo que consideraba suyo, llevándose su ración de comunión a base de porrazos, se vivían unos convulsos meses en los que pese al miedo y la incertidumbre, todo el mundo pensaba que no se podía estar peor que como se había estado antes, y mientras en un restaurante se reía y se disfrutaba de la primera comunión de Maite, otros defendían unos derechos que querían se plasmasen en la futura Constitución del 31 de octubre de 1978.


Así eran las comuniones de antes, las comuniones de los niños que hoy son padres y viven otras comuniones muy distintas.

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